martes, 16 de enero de 2018

Une gorde en el avión



Aviso contenido: Gordofobia, ansiedad, capitalismo

Es la hora de embarcar y me empieza a doler el estómago.
Llevo un bocadillo en la mochila y un trozo de chocolate, pero sé que no me atreveré a comérmelos. Ya me sentiré lo suficientemente observade.
Dos horas de vuelo. Dos horas agónicas.
Encima, me han asignado el asiento de en medio, porque claro, si no pagas extra están dispuestos a hacerte sentir lo más incómode que puedan como castigo. Al final. se trata de que pagues, pagues y pagues. De qué sino?
Me pregunto si algún día nos cobraran de más por cada kilo que crean elles que nos sobra.

Pongo un pie en el avión e instantáneamente siento la ya conocida presión en el pecho. Tengo que pasar de lado por el pasillo, sobrepaso las medidas establecidas como acceptables para cruzar un pasillo, al parecer.  Les otres pasajeres me miran con irritación porque, de vez en cuando, mi cuerpo se roza con el de elles por accidente. Noto que la sangre me sube a las mejillas, la vergüenza y la ansiedad me aceleran el pulso.  Daría lo que fuera para desvanecerme. Lamentablemente no me puedo empequeñecer mágicamente, ni tampoco sé hacer desaparecer mi cuerpo en la nada, aunque sería muy útil.

Llego a mi asiento asignado y empieza el momento más incómodo del viaje, así que respiro hondo y pido a la persona sentada en el pasillo que me deje pasar. Veo en su cara el hastió de saber que va a tener que pasar dos horas a mi lado. Sé que ocupo más espacio del que debería según el tamaño de los asientos. Sé que hace el trayecto incómodo, por lo tanto estoy acostumbrade a esas miradas.
Torpemente consigo sentarme y colocar mis cosas. Se me clavan los posabrazos en el cuerpo. Me doy cuenta al instante de que que luego me quedará una marca en la piel, pero lo que más me duele es la vergüenza de sentirme tan monstruose, de saber que el mundo no está diseñado para mí. Duele mucho más la mirada de desprecio de la persona de al lado, del pasajero al que has rozado sin querer pasando por el estrecho pasillo, de tener la percepción de que no perteneces a un mundo que te rechaza sistemáticamente.

Pero lo peor todavía está por llegar, porque ha llegado el fatídico día en el que el cinturón no me cierra. Sí, no cierra. Me siento presa del pánico, trago saliva y me digo que no debo preocuparme por la taquicardia. Intento aguantar la respiración pero no hay manera. No llega. Me saltan las lágrimas, me siento humillade. Una voz interna pregunta: "Por qué, por qué ibas a sentirte humillade?"

Todavía me puedo bajar el avión, no? NO?
No.
Tengo que llegar a Berlín, porque me esperan personas a las que quiero, personas que me quieren, que no me hacen sentir como un monstruo.  Me esperan dos días maravillosos y no dejaré que la gordofobia me lo arruine. Reflexiono: Ni el tamaño del avión, ni el de los asientos, ni el largo del cinturón dicen nada sobre mí. Lo que quiere decir es que la compañía está enfocada a ganar dinero, sin tener en cuenta la diversidad de cuerpos y de personas que puedan subirse al avión. Porque solo quieren ganar dinero. 10 cm más de cinturón cuesta dinero, asientos más cómodos cuestan dinero. Mi cuerpo no tiene la culpa de eso. No merezco menos respeto por ello.
Así pues, me dirijo a le asistente de vuelo y con una sonrisa le pido un alargo para el cinturón. Me devuelve la sonrisa y de repente la tensión que sentía en el pecho se disipa. Me acomodo y subo el volúmen de la música.
Arrancan los motores. Dos horitas y me espera un abrazo de complicidad. Saco mi bocadillo y no me preocupo de las miradas, no me preocupo de que esté pensando le pasajere de al lado.
El capítalismo me puede chupar un michelín.