lunes, 30 de enero de 2017

Gordofobia interiorizada

La primera vez que fui consciente de que era gorde fue cuando tenía unos 4 años. Une niñe no quería jugar conmigo porque yo era gorde.
Han pasado 20 años. 20 años de vivir la gordofobia cada día a través de insultos, intromisiones "bienintencionadas", los medios, médicos, psicólogues, sillas que se rompen, acoso callejero etc.
No hace tanto que puedo mirarme al espejo y llamarme gorde sin ponerme a llorar.
No hace tanto. Y sí, me siento más poderose y he conseguido quererme mucho más de lo que jamás hubiera imaginado. Sí, no me importa desnudarme, sí hablo sin tapujos de mi gordura, sí me enfrento a gordofóbiques en muchas ocasiones.

Todavía tengo miedo al rechazo, me menosprecio porque mi cuerpo no es deseable, es más: mi cuerpo es desagradable y por ello mi primer impulso es dar por supuesto el rechazo.
Todavía pienso que esa persona que me interesa/gusta nunca se va a fijar en mí porque soy gorde.
Todavía me entra el pánico cuando me apreta el pantalón o cuando tengo que pedir una talla más.
Todavía me da vergüenza comer en público.
Todavía me cuesta mirarme en las fotos.
Todavía bajo la mirada cuando me miran mal en el metro cuando me siento.
Todavía me siento avergonzada cuando cojo el ascensor o las escaleras mecánicas porque sé que me juzgarán por ello.
Todavía me dan asco las rozaduras de los muslos.
Todavía tengo días en los que querría huir de mi cuerpo.

Porque llevo 24 años recibiendo el mensaje que es esto lo que tengo que sentir: vergüenza, humillación, ansiedad, asco, rechazo.
Desprogramar la gordofobia que nos inyectan prácticamente al nacer no es tan sencillo.
Creerme tan válida como cualquier otra persona no es cuestión de dos días. Porque siempre he sentido que pertenecía a una categoría distinta de la especie humana y que es mi decisión no ser aquello que se supone que debemos ser: delgades.

Todavía me culpo y a veces me creo eso de que por no matarme a adelgazar, aunque me cueste mi salud física y mental,  merezco toda la violencia que recibo.

No es cosa de dos días,
pero al menos hoy sé que aunque lenta, soy incansable.

Porque ahora no quiere decir siempre, porque hoy no quiere decir que me sienta así mañana.
Porque no pensaba que podría bailar hasta perder el aliento y que me diera igual que me observaran,
porque no creía que sería capaz de ponerme una minifalda, unos leggins, un escote o una camiseta ajustada.
Porque no creía que podría recitar con un micro en la mano.
Porque no creía que podría hablar de mis sentimientos y entregar poemas de amor.
Porque no creía que aceptaría que, sí, hay trabajo que hacer, pero me quiero y me querré más mañana.